En mi experiencia de participación en el desarrollo de empresas, he observado que uno de los problemas más importantes que se manifiesta es determinar en qué momento y en qué magnitud adquirir equipo o hacer inversiones de carácter permanente, frente a la alternativa de alquilar, rentar o tener acceso temporal a esos recursos. Esta decisión, que a veces parece meramente financiera, puede tener profundas implicaciones estratégicas para la sostenibilidad y eficiencia de la empresa.
Recuerdo que cuando iniciaba en las actividades de construcción hice un cálculo sobre los costos, beneficios esperados y posibles ahorros de adquirir una volqueta para realizar el transporte de agregados, arena, grava y desechos de obra. El análisis mostraba que la inversión se podía recuperar en menos de tres años, y entusiasmado se lo comenté a mi padre, quien tenía amplia experiencia en el ramo. Él me aconsejó no hacerlo, explicándome que, en lugar de tener la volqueta trabajando para mí, terminaría yo trabajando para la volqueta. Si bien en ese momento había suficiente trabajo, más adelante habría que destinar tiempo y recursos al mantenimiento, al riesgo de accidentes y a la búsqueda constante de nuevos encargos para mantenerla operativa. Su advertencia fue clara: nuestro negocio no era el transporte ni el alquiler de equipo, y esa inversión desviaría mi atención de las actividades centrales. Esa lección me acompañó a lo largo del tiempo y me ayudó a comprender el valor de evitar, dentro de lo posible, las inversiones innecesarias en equipamiento y de maximizar el uso de recursos compartidos o alquilados.
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