Honduras ha recorrido un camino importante en la última década. La tasa de homicidios, que superó los 80 por cada 100,000 habitantes hace poco más de diez años, hoy se sitúa por debajo de 25. Esta reducción a casi un tercio de su punto más alto no es menor y refleja esfuerzos significativos del Estado. Sin embargo, 25 sigue siendo un número anormalmente alto para una sociedad que aspira a prosperidad, crecimiento económico sostenido y paz duradera. Si el objetivo es construir un entorno de estabilidad comparable con países que han logrado consolidar su seguridad, debemos asumir que la tarea no ha terminado: debemos reducir esa cifra a una fracción de su valor actual.
Precisamente por ello, el statu quo no es suficiente. Haber reducido la violencia representa un avance significativo, pero no puede ser el punto final. Una tasa de 25 homicidios por cada 100,000 habitantes todavía limita nuestro potencial como país y mantiene un nivel de riesgo que afecta la inversión, la cohesión social y la confianza ciudadana. La siguiente etapa debe orientarse a consolidar lo alcanzado y profundizar la reducción mediante herramientas cada vez más institucionales, técnicas y sostenibles.
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