Uso eficiente de las fuerzas policiales

Jose S. Azcona Bocock

La evolución de la seguridad pública en las últimas décadas ha tenido patrones que se pueden analizar para tomar mejores decisiones a futuro y ser más eficientes en el uso de nuestros recursos. Al aumentar la oleada de violencia entre los años 2006 y 2012, los recursos del Estado destinados a seguridad pública fueron abrumados por el crecimiento en la violencia y la criminalidad. A partir de esa fecha se empezó a invertir más en el sector y a integrar de forma más coordinada a las Fuerzas Armadas en funciones de apoyo. Desde entonces se ha visto un progreso gradual, más marcado en los últimos años, hasta alcanzar en 2025 una tasa de homicidios que ronda ligeramente por encima de los 20 por cada 100,000 habitantes. 

Este recorrido histórico nos enseña que el uso de la fuerza pública no puede medirse únicamente por el número de efectivos desplegados o por la magnitud del presupuesto asignado, sino por la forma en que estos recursos se emplean. El concepto de “uso inteligente” implica planificar con base en evidencia, priorizar la prevención por encima de la reacción y asignar a los cuerpos policiales en los lugares y momentos donde tienen mayor impacto. Un enfoque de inteligencia y análisis de datos permite anticipar patrones de violencia, actuar de manera focalizada y optimizar la presencia policial para disuadir al crimen. 

El rol de las Fuerzas Armadas ha sido fundamental en momentos críticos, cuando la policía se vio superada por la magnitud de la violencia. Sin embargo, es importante reconocer que su papel debe entenderse como un apoyo transitorio y complementario, mientras se consolida a la Policía Nacional como el eje central de la seguridad pública. Este equilibrio es necesario para mantener la naturaleza civil del orden interno y evitar que se desdibujen las funciones entre lo militar y lo policial. 

De cara al futuro, la seguridad sostenible requiere más que uniformados en las calles. Es indispensable fortalecer la confianza ciudadana a través de la rendición de cuentas, la transparencia y la cercanía con las comunidades. También se vuelve crucial incorporar herramientas tecnológicas como sistemas de análisis predictivo, cámaras de vigilancia, plataformas de denuncia ciudadana y unidades especializadas en delitos digitales. Estas innovaciones permiten a las fuerzas policiales estar mejor preparadas frente a nuevas formas de criminalidad. 

El concepto de despliegue de la policía en operativos en lugares fijos, en vez de generar confianza en la población, genera incomodidad y miedo, ya que expone a los ciudadanos indefensos a una interacción cercana con personas armadas, algunas de las cuales no son bien intencionadas. El objetivo de esto es dar la impresión de seguridad a expensas de una enorme cantidad de recursos, pero, tal como se indicó, no se logra una mayor percepción de seguridad. Se alcanzan apenas pequeños logros en materia de combate al delito frente al enorme despliegue de recursos que esto implica. Por tanto, se recomienda eliminar esta práctica y dirigir los recursos policiales hacia los lugares que, de acuerdo con los mapas de delito y los patrones detectados, requieren mayor presencia. 

Igualmente ocurre con los retenes de carreteras en lugares fijos. Al ser permanentes, los policías destacados en esos puntos se vuelven vulnerables a ser identificados por infractores de la ley, quienes pueden intentar sobornarlos o amenazarlos para controlar el área, llegando incluso a utilizarlos contra sus rivales. La única forma en que podrían funcionar estos retenes sería mediante fuerzas móviles desplegadas sin previo aviso, integradas por agentes que no estén basados en la zona y que resulten desconocidos para la población local. Sin embargo, se repite el problema señalado en el párrafo anterior: la mayor parte de la interacción se da con ciudadanos indefensos e inocentes, quienes pueden sufrir pérdidas materiales o daños psicológicos a raíz de su contacto con las fuerzas de orden. 

En conclusión, la experiencia de los últimos veinte años muestra que la violencia puede contenerse con estrategia y coordinación. El reto ahora es consolidar un modelo de seguridad basado en el uso inteligente de las fuerzas policiales: un modelo que combine prevención, eficiencia en la asignación de recursos y legitimidad social. Solo así se garantizará que los avances alcanzados no sean pasajeros, sino parte de una transformación duradera en beneficio de toda la ciudadanía.